Ahorro y uso eficiente de la energía, una prioridad en nuestros tiempos, por Odón Demófilo de Buen Rodríguez

Odón de Buen Rodríguez ( Fuente: http://az778189.vo.msecnd.net/media/fotos/g/17f7294b509452dabad54a72ea584b3d.jpg)

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Para quienes nacimos a partir de la segunda mitad del Siglo XX, y de manera creciente para los que han nacido después, el disponer de una gran variedad de servicios que requieren de energía es algo que cae en los terrenos de lo normal e, inclusive, de lo “natural”.

El poder tener luz de día y de noche dentro y fuera de nuestros hogares, el disponer de alimentos y bebidas frescas en cualquier momento, el que abramos el grifo y salga agua potable – y que, además, esté caliente – a todas horas del día o el vivir confortablemente en lugares con frío o calor extremo, son servicios que solo pensamos en ellos cuando fallan, no están disponibles o que la factura llega más alta.

Esta circunstancia nos aleja mucho de lo que ha tenido que ocurrir para que podamos tener estos servicios. Por un lado, solo imaginar lo que ha costado esta infraestructura de alcance planetario para explotar, transportar, transformar y distribuir primero combustibles y luego electricidad que llega a casi todo aquél que viva en una ciudad por pequeña que sea, nos recuerda que esto no es gratuito, que hay dineros invertidos que alguien tiene que pagar.

Por otro lado, y esto es cada vez más evidente más allá de los lugares en los que los combustibles son explotados y transformados,  está el hecho de que este gigantesco y extenso sistema ha operado y continua operando, principalmente, a partir de formas de energía que no son renovables y que, además, tienen que ser quemadas para obtener el calor o la potencia que finalmente aprovechamos. Esto ha dado lugar a serios problemas de calidad del aire y de contaminación y sobreexplotación de recurso acuíferos en las zonas donde se explota y transforma esta energía.  También en los centros urbanos, donde casi todos nos movemos en máquinas que emiten gases con efectos negativos en los ámbitos local, regional y global, se presentan problemas de salud para millones de personas. A final de cuentas, de manera creciente y preocupante, todo esto se está reflejando en un cambio radical e impredecible del clima en nuestro planeta.

Otra preocupación radica en el hecho de que las energías fósiles con las que hoy día funciona la economía global se concentran en puntos de la geografía planetaria donde su disponibilidad depende de la voluntad de quienes tienen el control sobre los territorios en las que éstos se ubican. En otras palabras, las economías que no disponen de este tipo de recursos y dependen de los países que los tienen están en riesgo de que de un día para otro se corte su flujo o de tener que pagar un alto costo para obtenerlos.

Estas circunstancias han llevado a que, sin reducir lo que hemos  ganado  en comodidad y calidad de vida, las sociedades busquemos formas de aminorar los impactos a través de encontrar formas en las que no se dependa tanto (o no se dependa, punto) de las fuentes tradicionales de energía.

Está, por supuesto, el aprovechamiento de energías renovables para sustituir a las fósiles, pero esto debe estar siempre relegado a lo que podemos hacer para no desperdiciar la energía o para usarla más eficientemente.

No desperdiciar energía es, fundamentalmente, una cuestión de hábitos y buenas prácticas. Precisamente la disponibilidad que hoy tenemos de la energía nos lleva a no valorarla y, como es desafortunadamente muy común, dejar luces y equipos prendidos cuando no estamos aprovechando su servicio. Por eso, en el contexto del hogar hay muchos hábitos que podemos modificar para consumir menos energía y tienen que ver con la forma en la que operamos y mantenemos los equipos que nos dan los servicios energéticos. En el espacio de las empresas, el ubicar de manera sistémica y rutinaria en qué, cuándo y canta energía se consume permite ubicar oportunidades de ahorro.

Usar más eficientemente la energía tiene que ver con los equipos y sistemas que transforman la energía en un servicio final. Esto se logra invirtiendo en los más eficientes y se ubica en el campo de la toma de decisiones de compra y de los criterios para hacerlo.

Aquí es muy pertinente anotar que, desde la hace casi 40 años, la tecnología ha progresado como nunca en la historia de la humanidad y hoy tener los niveles actuales de iluminación, refrigeración y movilidad se puede lograr con hasta menos de una cuarta parte de la energía que se requería hace cuatro décadas. Inclusive, a esta tecnología se va integrando la tecnología de la información y las comunicaciones que lleva a sistemas que consumen aún menos energía para el mismo nivel de servicio.

Precisamente es en el terreno de la regulación de estos equipos y sistemas donde se ubican las políticas públicas más relevantes.  Es por eso que en el mundo desarrollado se han establecido obligaciones de niveles de eficiencia o consumos máximos, y/o etiquetado para equipos y sistemas (en particular edificaciones) que informan las decisiones de compra o renta. Estas regulaciones han sido centrales en la modificación de las tendencias de crecimiento de consumo de energía, desacoplándolas de las del crecimiento de la población y de la economía.

Por supuesto, los gobiernos también han apoyado a adoptar mejores prácticas en los sistemas que utilizan energía. Inclusive, se invierten recursos públicos en la identificación de las oportunidades de ahorro, para hacer más atractiva las inversiones al apoyar menores tasas de interés a las que ofrece el mercado e, inclusive, para cubrir parcial o totalmente la inversión para sustituir los equipos menos eficientes.

A manera de conclusión, el poder mantener los niveles de servicios energéticos con los que disponemos  y al mismo tiempo evitar el colapso climático que nos amenaza nos involucra en lo individual y en el contexto de nuestra actividades profesionales.  Esto parte de tomar conciencia de lo que representa disponer de servicios energéticos, y de actuar al ajustar nuestros hábitos y de cómo tomamos decisiones de compra de los equipos que nos permiten tener luz, confort, entretenimiento, fuerza motriz, alimentos frescos y movilidad, entre otros. Nuestra economía, ambiente natural y las generaciones que vienen nos lo agradecerán.

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