Recuperando a Odón, por Antonio Calvo Roy

Antonio Calvo Roy ( http://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/odondebuen_archivos/image001.jpg)

Antonio Calvo Roy  (Fuente: http://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/odondebuen_archivos/image001.jpg)

Los países son lo que quieren ser, lo que opinan de sí mismos. En España se diría que no nos queremos mucho y nos abonamos a ideas preconcebidas –sean falsas o ciertas, basta con sean negativas- sobre la ciencia en nuestra historia. Santiago Ramón y Cajal, cuya vida desmiente su frase, decía que al carro de España le ha faltado siempre la rueda de la ciencia. Pero a Cajal hubo quien le enseñó a mirar por un microscopio –Aureliano Maestre de San Juan, hubo quien le enseñó a tintar Luis Simarro, que había aprendido en París, y hubo quien le ayudó económicamente, como la Diputación de Zaragoza, que le pagó con un microscopio sus trabajos sobre el cólera de 1885. Sabemos quién fue Joaquín Costa, pero desconocemos a Lucas Mallada, que le dio a Costa todo el sustrato científico imprescindible para componer sus argumentos políticos y sin el cual no hubiera edificado su pensamiento regeneracionista ni su obra.

No es que no haya habido ciencia y científicos, es que lo no lo sabemos. Los cementerios de España, y del mundo, están llenos de ellos, pero en sus tumbas no pone nada o nadie las visita o nadie les hace caso. Odón de Buen es un ejemplo de ello. Conocido y reconocido en su tiempo, ha sido tenazmente olvidado, aunque, en este caso concreto, algunas personas de su pueblo, la Institución Fernando el Católico y algunos más han/hemos empezado a romper lanzas para recuperar su figura, una figura imprescindible en la ciencia española del primer tercio del siglo XX y a cuya sombra aún se cobijan, lo sepan o no, muchos investigadores.

Hace 152 años de su nacimiento y 102 de su creación científico/administrativa más notable, el Instituto Español de Oceanografía. El IEO sigue ahí, con barcos e investigadores, con el mismo nombre y el mismo propósito para el que fue creado, la investigación oceanográfica y pesquera, ocupando su lugar en España y en mundo. Con motivo de los 100 años de creación tuve la oportunidad de dar conferencias en sus laboratorios por toda la costa española y siempre se acercaba algún investigador para agradecer el que le hubiera descubierto a una figura tan notable como su fundador, Odón de Buen. Es decir, los propios investigadores del IEO no saben bien quien era el científico que había creado el lugar en el trabajaban.

Por eso creo que es importante la labor del Centro de Estudios Odón de Buen, porque nos ayuda a todos a saber más de nosotros mismo y de nuestro país. Recuperar figuras como la de De Buen es hacernos un favor a nosotros mismo porque supone hacernos mejores de lo éramos, supone ayudarnos a saber que, como en cualquier otro sitio, con tesón y con ideas, también se puede hacer cualquier cosa en nuestro país.

La biografía de Odón de Buen ya es más o menos conocida y seguro que no le será ajena a los lectores de estas páginas. Si hay algún interesado en profundizar, aquí en papel y aquí para libro electrónico se puede encontrar la biografía completa (con perdón por la autocita). Pero creo que aún hay que investigar más la figura de este extraordinario investigador e impulsor de la ciencia. Y tenemos que hacerlo, desde luego por justicia histórica con una personalidad tan importante pero también, quizá sobre todo, por nosotros.

Por nosotros que pensamos que vivimos en un país atrasado, aunque no sea cierto y siempre se nos figura España a la cola del mundo, y es que sabemos poco y conocemos poco, de lo de dentro y de lo de fuera. Conocer y reconocer a quienes han aportado un puñadito de arena, más que un grano, a la historia científica nos ayuda a conocer la argamasa de la que estamos hechos.

La propia historia de Odón de Buen desmiente también el que no hubiera ciencia y ayudas, aunque escasas, a la investigación. Fue estudiante becario desde el bachillerato y becario universitario, aunque también trabajó mucho dando clases para pagarse sus estudios. Su caballo de Damasco hacía la oceanografía –en realidad dos- fueron primero el viaje en la fragata Blanca, de la Armada, en el que participó, entre 1886 y 1887, y las visitas desde Barcelona al laboratorio de Banyuls-sur Mer, poco después de ganar la cátedra, en 1890, y que continuó desde Madrid, en 1911.

Los suyos, es verdad, fueron unos años con una cierta estabilidad, el último tercio del XIX y el primer tercio del XX. Unos años en los que la ciencia ocupó un lugar más notable que en otras épocas y en los que empezó a haber centros de gestión e impulso de la ciencia, como el Museo Nacional de Ciencias Naturales, http://www.mncn.csic.es del que procede Odón de Buen y el paraguas primero del IEO, la Junta para la Ampliación de Estudios y otros, incluida la potente escuela neurohistológica de Cajal.

En ese ambiente concreto, Odón de Buen pudo, con apoyos nacionales e internacionales –y con alguna zancadilla nacional, claro-, crear el IEO como una estructura en la que se hiciera investigación, que primero fue biología marina y poco a poco se convirtió, como en el resto del mundo, en oceanografía. Y lo hizo, en buena medida, a costa de sus propias investigaciones. A De Buen se le puede aplicar con justicia esta cita de Victoria Ley dedicada a quienes en los años 80 del siglo XX sentaron las bases de la política científica española: “El precio que representó para su productividad científica la dedicación temporal a la actividad política ha tenido como contrapartida la enorme contribución de su gestión al incremento de la calidad investigadora de la comunidad española. Son personas generosas que han trabajado toda su vida para mejorar la sociedad, tanto en la política como en la universidad o en investigación. No deberíamos olvidar quiénes fueron y cómo lo hicieron”. Por eso, para no olvidar quiénes fueron y cómo lo hicieron, tenemos también que recordar a Odón de Buen.

Por eso sería bueno que quiénes administran nuestras ciudades supieran de él, porque es intolerable que no tenga calles dedicadas en, al menos, Zaragoza, Barcelona, Madrid, Palma de Mallorca y Málaga, cinco ciudades a las que estuvo muy ligado por diversos motivos. Por eso, en definitiva, tenemos que seguir agitando la bandera, para odonizar España.

Aprenderemos así, y no nos vendrá mal, de su manera de estar en el mundo, crítico, solidario, valiente, insobornable, “radical en el fondo y suave en las formas”, su sello de identidad más característico. Su magisterio renovador en la docencia universitaria, su postura de pionero en la introducción académica del darwinismo en España, su papel como introductor e institucionalizador de la oceanografía en España y su relevante posición internacional, sucediendo al príncipe Alberto de Mónaco en algunos de sus cargos, hacen de él un personaje poco habitual. Recuperar su figura es, por tanto, recuperarnos a nosotros mismos: hagámoslo.

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